Encuentro

Era uno de esos días donde el sol brillaba con libertad total, acompañando un viento que aún vestía con el frío de la noche anterior. Dos patos se unieron para explorar el estanque en busca de su almuerzo, lejos de la muchedumbre intranquila. Un gentío típicamente equivale a mucha comida, pero el caos provocado por su dispensación desorganizada muchas veces no valía la pena para la pareja.

Nadaban sin hacer mucho esfuerzo, y eventualmente llegaron al otro lado del estanque donde se sentaba un hombre en un banco debajo de un sauce llorón. Ofreciéndoles primero una sonrisa, el señor reveló una bolsa de semillas, y con calma lo echaba mientras se tomaba un café.

Llevaba un rostro con muchas arrugas, y en ningún sitio más que en las esquinas exteriores de sus ojos, despiertos y alertas. Se abrigaba con un gabán color gris, permitiéndose una sola expresión de color con su bufanda de fondo negro con flores violetas y celestes. Su pelo blanco se despeinaba con la brisa, a veces cubriendo y otras veces descubriendo la calva que rodeaba. El hombre lanzó otro puño de semillas y miró como les apetecía a sus amigos nuevos, y al levantar la vista encontró una mujer de edad similar estudiándolo con cautela. Inmediatamente el hombre exclamó, parándose con risas y brazos abiertos de manera que los patos despegaran del susto.

La mujer retrocedió, pero solo por un instante, y tímidamente le devolvió las risas y los abrazos al hombre. Ella poseía una barbilla aguda y pronunciada como una flecha, enmarcada por una sonrisa de presencia eterna. Llevaba un abrigo color trigo, impecable como los guantes de cuero que usaba para protegerse del frío. A diferencia del hombre, su pelo de color marfil se escondía debajo de una boina verde marina, y su bufanda y bastón detallados con diseños modernos completaban un perfil de cosmopolita.

Cuando se separaron se acercaron al banco, intercambiando saludos, y luego preguntas, seguidas por respuestas entusiasmadas que producieron aún más preguntas. El sol los acompañó durante la conversación, enamorándose más y más de estos dos hasta darse cuenta que ya había completado su trayectoria de cada día, y que era hora para que se acostara. Para este punto el hombre y la mujer habían parado de hablar, sin saber que más mencionar, y el sol se despidió alumbrando los pendientes de oro martillado que llevaba puestos la mujer.

La cara del hombre iluminó, y con nueva energía produjo una fotografía tintada por el tiempo. La ofreció a la mujer nerviosamente, y al ponerse los lentes la mujer examinó la pareja capturada en ella. Era en una playa, con olas que chocaban la costa furiosamente. La espuma de una de estas olas casi cubría a los jovenes, la muchacha con la barbilla pronunciada sentada en los hombros del muchacho con los ojos arrugados. A pesar del agua que les estaba por tragar, sus sonrisas eran inequívocas y su alegría alucinante.

La mujer alzó la vista y fijó la mirada hacia el hombre. Rieron nuevamente, esta vez con risas que surgían del corazón, y llevándolo de la mano la mujer se paró con su bastón en dirección hacia los patos que habían salido volando al inicio del día. El hombre la soltó por un momento, solo para tomarla en su brazo mientras caminaban juntos una vez más después de muchos, muchos años.

Era uno de esos días.

Next
Next

Walking with my Dogs, Day 1